Sin pañales, pero con talleres de sexo: El delirio de la gestión geriátrica.

Cartel publicitario de Matia Fundazioa con el lema "¿Por qué me ayudas a vestirme y no a tener sexo?", financiado con fondos europeos y del Ministerio de Derechos Sociales.

La campaña «Heldu Sexua(ri)», desarrollada por la Fundación Matia, lanza un lema que cuestiona directamente los límites de los cuidados: “¿Por qué me ayudas a vestirme y no a tener sexo?”. El mensaje es claro: recordar que el deseo, la afectividad y la intimidad no desaparecen con la edad ni con la dependencia. Nadie lo discute. Sin embargo, para los TCAE y gerocultores que trabajamos en la «trinchera» de los cuidados, esta pregunta no es solo una reflexión; es un desafío directo a nuestros límites profesionales y a nuestra dignidad laboral.

La «vocación» ilimitada

Se ha convertido en una costumbre peligrosa utilizar la palabra «vocación» como un chicle que se estira hasta el infinito. Bajo el paraguas de la «sensibilidad», se nos pretende imponer una carga que nada tiene que ver con nuestra labor profesional. Es un chantaje moral: si ponemos límites, se nos acusa de tener prejuicios o de traicionar un compromiso que, curiosamente, nunca viene acompañado de horarios justos, ratios humanas ni salarios dignos.

La vocación no es un cheque en blanco para que las instituciones nos obliguen a asumir funciones que no figuran en ninguna descripción de puesto ni en ningún marco legal. No se puede confundir el respeto a la intimidad con la obligación de actuar como «asistentes eróticas». Los TCAE y gerocultores estamos formados para garantizar la seguridad clínica, la movilización y el bienestar físico; no para ser mediadoras sexuales ni para resolver carencias afectivas ajenas por imperativo institucional.

¿Necesidad básica o falacia institucional?

Desde Matia Fundazioa, se defiende que facilitar espacios de intimidad es una extensión del deber del cuidador. No obstante, existe una falacia de base al equiparar la sexualidad con las necesidades vitales. Vestir a una persona o garantizar su higiene es un acto de salud básica cuya ausencia conlleva un deterioro grave y directo.

La sexualidad, en cambio, es subjetiva, íntima y privada. Pretender que su gestión se convierta en una «función asistencial» es una intromisión doble: para el residente, que ve su intimidad convertida en un frío protocolo, y para la trabajadora, que ve su rol profesional desdibujado hasta límites inasumibles.

La desconexión total con la realidad

Resulta ofensivo que se destinen recursos públicos —partidas que suman más de 150.000 euros financiados por el Ministerio de Derechos Sociales a través de los fondos europeos Next Generation— a proyectos de «innovación» para talleres de sexualidad y formación en acompañamiento del deseo. Es indignante que se priorice esta inversión mientras la asistencia básica se rompe por la base por falta de manos.

En el día a día de una residencia, la realidad es otra:

  • Una sola TCAE levantando o acostando a 30 residentes.
  • Sillas de ruedas que se llevan de dos en dos porque no hay manos.
  • Familias reclamando porque su madre lleva esperando 40 minutos para ir al baño.
  • Falta de pañales, de toallas, de sábanas limpias…
  • Turnos enteros sin parar ni cinco minutos para almorzar, bajas sin cubrir y un burnout normalizado.

No somos invisibles

Poner límites no es tener prejuicios; es tener integridad profesional. No estamos en contra de que las personas mayores vivan con plenitud, estamos a favor de que se nos reconozca como trabajadoras con derechos, con límites y con voz.


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